El espacio de trabajo u oficina como lo conocemos hoy en día no fue como se planteó en sus orígenes. Incluso determinar el principio cuando se diseñó el primer edificio exclusivamente para oficina está algo incierto, esto por las actividades tan diversas que se realizaban para resolución de problemas de trabajo, combinándose tareas que en la oficina actual no sería idóneo hacer.

Pero podemos tomar de referencia cómo la Revolución Industrial marcó un hito importante en la historia de estos edificios. Con la aparición de las nuevas industrias surgió la necesidad de contar con espacios para oficinas para poder de esta manera controlar, organizar y distribuir los productos (Hernández Chávez, 2002). El ingeniero mecánico Frank Taylor con su visión e intención de eficientar procesos, propuso un diseño de oficinas planeado desde la perspectiva de una línea de producción.

Separó a los gerentes del área principal de trabajo, para situar sus oficinas en un lugar estratégico donde pudieran observar al resto de los empleados todo el tiempo (Ian, 2017). Este planteamiento creció en popularidad a principios del siglo XX, un esquema de planta abierta pensado para maximizar la eficiencia.

En los años 50’s Quickborner, un grupo de diseño, rompió las filas de los escritorios en grupos orgánicos con divisiones para mayor privacidad (Musser, 2009). Este tipo de diseño se conoció bajo el término Burolandschaft, un concepto alemán que se puede traducir en “paisaje de diseño”, que después de popularizarse en Europa se esparció por todo el mundo.

Este esquema permitía a los diferentes niveles de empleados sentarse e interactuar de manera conjunta, a lo cual se hace referencia por su similitud en principio de lo que conocemos en la oficina moderna. No obstante, el sistema sería calificado como escenográfico, debido a su susceptibilidad a los cambios periódicos, tanto funcionales como estructurales, que la empresa fuera requiriendo (Hernández Chávez, 2002).

Posterior a eso en 1964, Propst presentó la Action Office, que se configuraría junto con la empresa de mobiliario Herman Miller, todo un sistema de paneles divisorios y accesorios para hacer realidad un espacio de trabajo más flexible, sin embargo no proliferó la propuesta por los altos costos que representaba, los gerentes se defendieron contra el precio y la inversión de implementarlo. No les importaba la investigación de Propst y solo querían un espacio y muebles que funcionaran para su presupuesto (Mackay, 2018).

Los problemas de precio originaron que el camino del diseño tomara un enfoque económico y utilitario, dejando de lado la comodidad y condiciones de trabajo a lo largo de los 80’s. Así nacen las llamadas “granjas de cubículos”: ligeros paneles dividían el espacio entre mesas, proporcionando un mínimo de privacidad –a costa de un aspecto quizá demasiado de ganadería tradicional (Ibañez, 2017).

Con los avances tecnológicos que siguieron a pasos agigantados y exponenciales, fueron influenciando a su vez los espacios laborales con los cuales tenían una estrecha relación: La continua miniaturización de la computadora personal y el auge de la portátil a finales de los 90’s significaron que ya no necesitábamos cerrarnos. Las empresas derribaron las paredes de sus cubículos a favor de la oficina abierta «moderna» (Mackay, 2018).

Sin embargo, este camino extremo de abrir completamente los espacios después de haber pasado por un periodo de “encierro” tampoco fue la mejor decisión. Este esquema trajo otros problemas derivados del exceso de apertura entre las personas, como faltas de concentración, ruido distractor, demasiada cercanía entre departamentos que ocasionaba bajas en la productividad y tiempos muertos.

Después de algunos años, ya en la década del 2010 empezó a permear la idea de un balance entre trabajo colaborativo y espacio privado, es decir un punto medio entre el esquema llamado “open plan” y la “granja de cubículos”. Tiene sentido al momento que en todos los trabajos hay tiempo donde se necesita trabajo en equipo, pero también es necesario un espacio privado para concentrarse en tareas más complejas o situaciones delicadas donde es necesario evitar el ruido o simplemente es requerida la privacidad en el asunto por su delicadeza.

El espacio de trabajo ha cambiado de extremo a extremo, de completamente privado a espacios conectados sin divisiones físicas, obteniendo resultados distintos de acuerdo con los objetivos planteados por las empresas. El problema nace al momento de diseñar los espacios de oficinas teniendo otras variables distintas a las necesidades de las personas, sin saber cuáles son los factores que detonarán su potencial y al mismo tiempo los de la empresa. El diseño del espacio de trabajo debe considerar primordialmente quien lo va a usar para al menos garantizar que la persona cuenta con un área confortable que contenga las características básicas que le permitan realizar su trabajo a su máxima capacidad.

Siguiente
El diseño en los negocios